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 Tres de Laureles (Prólogo)

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AsagiZuster



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MensajeTema: Tres de Laureles (Prólogo)   Dom Nov 30, 2008 8:30 am

Hola a todos.

No sé si es permitido publicar capítulos de una historia original, pues todos aquí han publicado historia de un sólo capítulo. Sin embargo, pues haciendo un poco la diferencia (Y teniendo varios oneshot en mi cuaderno, aún sin ser transcritos) he decidido "Lanzarme al Agua" con el prólogo de mi historia original Tres de Laureles.

Estaré abierta a todas las críticas.



La Caída de los Héroes


—¿Pero qué? ¿Es reunión para celebrar algo o qué cosa?

El chico, pelirrojo y de ojos color miel, originario de Irlanda, no dejaba de mirar a los otros presentes, con aire de extrañeza. Eran como unos diez u doce, quienes se encontraban en un estado de apatía; se conocían, pero no tenían ánimos para dirigirse palabra alguna. Daniel, como se llamaba, decidió acercarse a uno de ellos, con la esperanza de tener una idea del motivo de este inesperado reencuentro.

—¡Hola Mario! ¿Tiempo sin vernos, eh?

El aludido, que era un hombre de procedencia venezolana, alto, de cabello gris oscuro, bigote fino y mirada severa, respondió con un bufido. Sin embargo, Daniel no se dejó amedrentar por este gesto de rechazo y continuó.

—¿Sabes el motivo de esta reunión? Conociendo a tu hermano, es muy probable que haya organizado esta broma, ¿No es así?

—Te equivocas, niño —le respondió Mario visiblemente molesto con el asunto— Esto no lo hizo mi hermano, porque él desapareció hace dos años. ¿Por qué regresaría a hacer una estupidez como esta? En realidad, lo habrá hecho algún imbécil sin oficio que hacer.

Daniel pensó que era lo más probable. Si mal no recordaba, ya ha pasado un año desde que la Sociedad Heroica VII se había disuelto, después de sufrir varias crisis, una tras otra, a tal punto de llegar a la desesperación; al final, se tomó la decisión que empezar a dejar la cuestión de “salvar el mundo” a un lado y vivir una vida normal. Quizás, alguien que aún quería continuar con ese “noble” propósito, deseaba hacer una reunión y revivir aquel grupo de héroes.

—Quien quiera que sea, que siga soñando si piensa que vamos a volver a las mismas— refunfuñó Mario a manera de conclusión —Esto no se va a revivir ni aún ofreciéndonos dinero. Se lo diré claro y directo: Conmigo no cuente para esas mariconadas.

—No creas, es posible que nos ofrezcan una buena recompensa por volver a estar juntos. El dinero es un mal necesario.

—Piensa lo que quieras, niño, pero no me voy a unir al nuevo “Menudo”, así que guárdate las ilusiones de trabajar juntos otra vez.

De pronto, las puertas del museo se abrieron poco a poco, ante la sorpresa de los presentes, incluyendo a los dos hombres, quienes se quedaron en silencio. Hubo un momento en que la tensión era palpable en el aire, porque cabía la posibilidad que todo esto era una trampa. Sin embargo, en vez de eso, apareció alguien en el umbral, cuya identidad estaba reservada por la oscuridad.

—Sed bienvenidos, antiguos integrantes de la Sociedad Heroica VII— dijo con voz femenina y en tono solemne —Os preguntareis el por qué de vuestra presencia en este lugar. Si queréis una respuesta segura, por favor, seguidme.

—Si, lo seguirán los pollitos, porque yo…— murmuró Mario.

—Usted también, señor Padrón— continuó el misterioso personaje, dejando al aludido anonadado —Esto os concierne a todos, así piense que no estáis incluido.

Mario no tuvo más remedio que entrar, seguido de Daniel, convirtiéndose en los últimos en ingresar al museo; al terminar, notaron como la puerta se cerraba con violencia. La posibilidad que el asunto fuera un ardid con intenciones no muy buenas, se acrecentaba cada vez más. Pese a esto, todos los presentes siguieron al enigmático personaje, hasta donde estaban las dos escaleras, una al lado de la otra, que eran el acceso para el segundo piso del museo.

—Por favor, subid por la escalera derecha— prosiguió el “guía” —Yo no puedo continuar, así que por favor, os ruego que sigáis a mi compañero, que estará gustoso de conducirlos a vuestro destino. Y sed pacientes, las respuestas les llegarán tan rápido como habéis subido aquí.

Todos quedaron perplejos. ¿Cómo es que esa persona no podía subir? El misterio acosaba más y más a los presentes, quienes no sabían que hacer ante esta situación. Por supuesto, Mario y Daniel no fueron la excepción.

—¿Niño, puedo preguntarte algo?

—Si es sobre las medallas que nos permiten “transformarnos”, aquí tengo la mía.

—Me alegro. Aunque no dudes que los otros también lo hayan traído, pero por si algo pasa, ya sabes que hacer.

Daniel asintió a las palabras de su antiguo compañero. Cuando todos terminaron de subir hasta el segundo piso, la “guía” se quedó mirando con atención a ese par que iba de último lugar.

—Qué extraño… ¿Por qué ellos no cayeron en la niebla mágica? No importa, igual mi señor se encargará de ellos— y luego desapareció.

El segundo guía los recibió y al igual que pasó con el primero, éste también tenía su identidad velada por la oscuridad.

—Os doy la bienvenida, héroes de leyenda— inició —Mi señor estará complacido en conoceros, pese a que la situación no es la misma. Por favor, acompañadme y entrad con toda confianza.

—Bien, esto me está exasperando— susurró Mario.

—Le diré a los chicos que se preparen— Daniel se acercó a uno de ellos y vio, con horror, que su mirada carecía de brillo, como si estuviera bajo algún influjo hipnótico. El joven retrocedió asustado, hasta donde estaba su otrora compañero— Algo anda mal. Nuestros amigos no parecen conscientes, es como si estuvieran en trance o algo así.

—No me vengas con esas estupideces, niño. Créeme que ya estoy empezando a pensar en todo, menos en algo bueno.

—Me pregunto si luchar es una solución viable a todo esto… ¿O no? ¿Tan astuta es la persona que nos trajo aquí?

Finalmente, ingresaron al Salón de la Independencia, que había sido remodelado y abierto al público desde una semana atrás. La gran novedad, eran unos retratos pintados por un artista anónimo de principios del siglo XIX, hallados hace unos meses en el desván de una mansión abandonada, ubicada en la vía Bogotá-Zipaquirá y que ahora, eran expuestos por primera vez, después de darles el debido tratamiento de restauración y protección.

Alguien se encontraba esperándolos: Era un encapuchado, cuya túnica de terciopelo rojo oscuro, con filigranas doradas en los bordes. Además, su rostro estaba cubierto por una máscara de oro, tan pulida que reflejaba todo como un espejo, solamente adornado por el dibujo en bajorrelieve, de una estrella de ocho puntas, en la parte donde debía estar el ojo derecho.

—¿Será el aficionado sorpresa, el que quería vernos reunidos?— observó Mario, sintiéndose nervioso aún cuando intentaba disimularlo.

—Esa máscara… ¿Por qué siento que me es familiar?— murmuró Daniel, asustado.

—Bienvenidos, amigos míos— comenzó el misterioso anfitrión, con voz fina y acento elegante —No saben cuánto me alegra verlos aquí. Por lo que veo, la cordial invitación que ha hecho este humilde servidor, fue aceptada. Estoy muy agradecido.

Nadie respondió.

—Sin embargo, también me duele verlos en esa situación; separados unos de otros, queriendo romper ese lazo invisible que los ha unido y sólo por tragedias que no debieron suceder. ¡Pero alégrense! He encontrado la causa del problema y su solución definitiva: Es porque el espíritu de esos héroes que ustedes encarnan, no están en comunión perfecta con la de ustedes quebrando completamente toda posibilidad de unión y armonía. ¿No es eso terrible?

—¿De qué carajos está hablando este tipo? ¿Está loco o se la fumó biche?— preguntó Mario con extrañeza.

—No obstante, también he hallado la solución a esto. Mirad, ¿Reconocen a estas personas? Son ustedes, hace más de dos siglos, cuando luchaba hombro a hombro con sus amigos, sin importar las diferencias. ¡Qué tiempos aquellos! Pues bien, ellos son la clave de su restauración… ¿Por qué? Estos cuadros que ven aquí, contienen sus esencias primigenias, lo que les hace falta para que sean realmente perfectos en todo sentido. Los mundanos piensas que son simples retratos por cualquier pintor, cumpliendo un recado de la soberbia. ¡Pero eso no es cierto! Por supuesto, estos cuadros son la clave para el ritual de la perfecta armonía, en la cual, dos almas serán una. ¡Y comenzará ahora mismo, mis queridos amigos!

La última exclamación se entendió como una orden, pues en cuanto terminó de hablar, lazos de colores oscuros ataron a los presentes, amarrándolos como si fueran cuerdas.

—¡Sabía que era una trampa, niño!— exclamó Mario mientras su ropa informal cambió rápidamente a un uniforme de combate de colores, negro y rojo —¡No dejes que esas cosas te atrapen!

—¡Por todos los Santos del Cielo!— el irlandés también sufrió un cambio en su vestimenta, para afrontar la lucha —¡Hay que rescatar a los demás, antes que ese loco les haga algo!

Los dos miembros de la Sociedad Heroica VII, tenían en común ser espadachines, una de las siete categorías guerreras. La diferencia entre ambos, es que mientras Mario era profesional, Daniel era candidato, aunque su talento era inconfundible. De inmediato, con sus espadas en las manos, ambos comenzaron a luchar contra los lazos cazadores, que pretendían capturarlos, logrando destrozar a varios de ellos.

—¿Puedes localizar a simple vista el origen de los mismos?— preguntó el profesional —Maldita suerte la mía, el no traer todo lo necesario.

—¡Eso intento, eso intento!— repetía el candidato mientras destrozaba diez lazos que lo habían rodeado por completo —¡Lo veo! Provienen de… ¿Los cuadros?

—¡¿Qué demo…?!— un lazo tomó por sorpresa a Mario y aprisionó su pierna derecha, dispuesto a llevárselo a su destino.

Pero Daniel logró reaccionar y de un tajo, destrozó el lazo soltando a su compañero y rescatándolo a tiempo. Protegiéndolo mientras se recuperaba, el joven miraba si había posibilidades de escapar. Pero aquel sujeto lo tenía todo previamente calculado: todas las ventanas estaban perfectamente enrejadas y las opciones de fuga eran prácticamente nula.

—Esto no puede estar pasándonos— pensó, angustiado.

—¡Corre niño! ¡Todo está perdido!— le gritó Mario, tomándolo del brazo e intentando huir, con tan mala suerte, que cuando salían del salón, se encontraron con los dos “guías”, sonrientes y campantes.

—Ustedes…

Para sorpresa de ambos espadachines, ambos seres se convirtieron en una masa blanca, que avanzó hacia ellos y los atraparon, como si fuera una sábana gigantesca, regresando al salón a una velocidad increíble y haciéndolos caer estrepitosamente, a los pies de quien posiblemente era su amo.

—Vaya, por lo que veo, ustedes se oponen a su perfección, que mal de su parte— les dijo el enmascarado.

—No es que nos opongamos— le repuso Mario bastante maltrecho —Sólo que no nos gusta las fiestas y pensábamos irnos temprano.

—Que raro… Tu hermano aceptó encantadísimo esta magnífica solución.

—¡¿Mi hermano?! ¡¿Pero Tomás está…?!

Pero nunca sabría qué significaba estas enigmáticas palabras, pues varios lazos de colores enredaron su cuerpo y se lo llevaron, sin que pudiera oponer resistencia. Daniel miraba desorbitado lo que ocurría y esperaba a que todo fuese sólo una pesadilla; despertaría al lado de su prometida, la vida seguiría igual y todo como antes, sin importar si la sociedad se reuniría de nuevo o no…

No fue así: esos lazos de colores, también lo tomaron, para arrastrarlo hasta lo inevitable. Con lágrimas en los ojos, reflejando el terror que sentía en su interior, observaba la tercera derrota que sufría como espadachín, mientras era llevado hasta uno de los famosos cuadro; en donde debía estar un retrato, estaba un vacío con pequeñas lucecitas de colores. Y los lazos lo introdujeron lentamente, en posición horizontal, hundiéndose en la oscuridad, desapareciendo...

Una hora después, la sala del museo estaba otra vez en silencio…


[Fin del Prólogo]
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