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 Un error burocrático

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Thuringwethil

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Fecha de inscripción : 23/11/2008

MensajeTema: Un error burocrático   Lun Nov 24, 2008 10:56 am

Diego se dispuso a esperar la muerte. Sentado en su apolillado sofá de mohair, el anciano rememoraba su vida, que estaba siendo más larga de lo que él hubiese querido. Ahora a sus ciento ocho años, lo médicos decían que su caso era un milagro, y los periodistas lo llamaban para hacerle un reportaje por ser el abuelo de España. Diego bufó ante tanta tontería. Su cuerpo débil y marchito se negaba tozudamente a morir, no había porqué celebrar eso. Había sobrevivido a dos guerras, dos esposas, un infarto, y en los últimos años a tres intentos de suicidio, con los que sólo había conseguido unas costillas rotas y el sobrenombre de “viejo chiflado” en todo el vecindario. Él no quiso ser tan anciano, siempre creyó que su deber era morir en la guerra.
Otra vez volvió a verse a sí mismo cruzando el río en una barcaza, aquella noche de julio de 1.938. A la escasa luz de una luna decreciente, que parecía no querer traicionar el sigiloso paso del río, él y sus compañeros seguían al general Yagüe hacia la victoria o la muerte. Diego siempre se lamentó de que en la batalla del Ebro no hallara ninguna de las dos. Para él la guerra terminó en septiembre de ese año, cuando un bombardero alemán acabó de un plumazo con la vida de sus compañeros, y casi con la suya propia. Sus heridas debían haberlo matado, pero sólo le dejaron una enorme cicatriz, que aun mucho después de sanar siempre dolía. Vencido, herido y perseguido, terminó exiliándose a Francia lejos de su familia, de su partido y de su patria. La primera gran decepción de su vida a la que seguirían muchas otras.
Diego se removió, incómodo en el sofá ante ese recuerdo, y la vieja herida dolió otra vez, como antaño, sobre todo cuando hacía frío. Abrió los ojos un poco, lo justo para ver llover a través de la ventana. “Ojalá nieve este invierno”, pensó melancólico. Pero en Madrid no nevaba a menudo. Siempre le había gustado la nieve, le recordaba a los dulces años de su niñez, cuando el invierno se apoderaba del mundo y dejaba tras de sí un paraíso blanco, donde podía perderse y jugar. No le hubiese importado vivir eternamente si hubiese podido ser siempre un niño, despreocupado y feliz, pero la vida en las condiciones en las que la había vivido se le hacía insoportable y terriblemente pesada. “Debí haber muerto allí, en la batalla, con mis compañeros” se dijo por enésima vez. Después de eso, su vida había sido un calvario, y nunca había vuelto a conocer la felicidad, salvo una vez, y por un tiempo demasiado breve.
Se llamaba Catherine, y fue lo único bueno que encontró en Francia. La conoció en la primavera de 1.939, mientras el mundo disfrutaba del descanso entre dos guerras. Ella llevaba un ramo de rosas, y un vestido azul, y al verla por primera vez, Diego supo que la amaría para siempre. Se respiraba una paz forzada, latente, y todos se preparaban para afrontar el que sería el mayor conflicto de la historia. Seguramente por eso, en aquellos tiempos la gente actuaba como si el mundo fuese a acabar al día siguiente, y ellos no fueron una excepción. Se casaron en las postrimerías de ese verano, cuatro meses después de conocerse, y sólo un mes antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Un año más tarde el país ya había caído, pero la Francia de Vichy no era lo que Diego había esperado. Él ya había perdido su patria a causa de los fascistas, y no deseaba que la tierra de su esposa y su futuro hijo sufriera el mismo destino. Catherine estaba embarazada, y por eso él le prohibió participar en la Résistance como ella habría querido. Pero él la amaba demasiado, y deseaba sobre todo ver nacer a su hijo. Ironías del destino, no fue la peligrosa vida en la resistencia lo que acabó con ella, sino una imparable hemorragia por parir a un hijo que también se negó a quedarse en este mundo. Se hubiese llamado Manuel, como su abuelo, pero fue enterrado sin nombre.
Su primera impresión había sido acertada: toda su vida estuvo enamorado sin remedio de aquella mujer que lo había abandonado tan pronto. Incluso ahora, en la vejez de sus días, Diego se estremecía al recordar el contacto de aquellos labios contra los suyos, mientras un escalofrío de sensualidad recorría su espina dorsal. Pero la verdad es que ninguna mujer le había vuelto a producir las sensaciones que Catherine le producía: la más infinita ternura, el deseo más visceral. Ninguna. Ni las mujeres que calentaron su cama durante su época de maqui en los bosques de Francia, ni las que alegraron sus noches en la euforia que siguió al final de la Gran Guerra. Ni siquiera Inga, su segunda esposa, a la que juró amar y por la tuvo que violar un juramento por primera vez en su vida, porque nunca consiguió hacerlo.
En marzo de 1.946, Diego se dio cuenta de que el mundo conocía la primera primavera de paz desde que él conociera a Catherine, y aquel París tranquilo y lleno de flores le recordaba demasiado a la mujer con la que hubiese deseado envejecer. Huyó a la Unión Soviética, en busca de una vida que ya no podría tener en los dos países que tanto había amado, y volvió a ejercer la arquitectura, su profesión de juventud. Se instaló en Leningrado y contribuyó activamente a la reconstrucción de la ciudad. Se casó con Inga sólo porque ella le amaba y porque él estaba enfermo de soledad. Ella le dio dos hijos, Alexandr y Yegor, que ayudaron a apagar su melancolía a medida que crecían y se parecían cada vez más a su padre. Además, Diego se reencontró en Rusia con los inviernos nevados de su niñez, y aunque no volvió a ser completamente feliz, vivió una época de paz con la que nunca había soñado.
Pero al final, la Unión Soviética fue otra decepción para él, pues no era el perfecto país socialista que él había soñado. Demasiadas injusticias y miserias tuvo que ver para darse cuenta de eso. Y allí fuera, el mundo cambiaba rápidamente, aunque Diego apenas se percató, encerrado como estaba en sus amados inviernos blancos. Aires nuevos llegaban incluso desde España, que evolucionaba para dejar de ser ese país de luces y sombras, victoriosos y vencidos. Pero él no quería dejar Leningrado, no al menos hasta que Inga muriera, había jurado que se mantendría a su lado, y al menos ese juramento tenía que cumplirlo.
A las puertas de su novena década llegó a España de nuevo, y se encontró con una tierra que ya no entendía. Sus hijos, jóvenes y frívolos, se entregaron rápidamente a la comodidad del capitalismo, y la calidez del clima y las mujeres, perdidos en las noches madrileñas. Diego, compró un piso y se asentó, como un anciano más de clase media, mientras la televisión le contaba lo que pasaba a su alrededor. Aquí los inviernos no eran muy fríos, y aunque su cuerpo cansado lo agradeció, su corazón ansiaba ver nevar otra vez.
Abrió los ojos de nuevo y los enfocó en la repisa que había sobre la televisión. Allí expuestos, estaban los recuerdos de su vida: los rostros de sus hijos, la puerta de su casa en Leningrado, Inga sonriendo tímida, todos enmarcados en plata. Diego lamentaba profundamente no conservar fotografías de sus padres, de sus hermanos, de Catherine, aunque sus rostros nunca se borrarían de su mente. Volvió a mirar las fotografías de su hijos, jóvenes y sonrientes. Los había visto crecer, madurar, envejecer. Sus ojos se humedecieron mientras pensaba en el cáncer que se había llevado a Alexandr, y en la esperanza que se había llevado a Yegor, que pensaba que tras la caída de la Unión Soviética encontraría una nueva Rusia. Nunca volvió ver a ninguno de los dos.
Así se quedó solo al fin, ya cumplidos los cien años, acompañado solamente por los fantasmas de un pasado que recordaba demasiado vívidamente. Fue entonces cuando intentó suicidarse, una y otra vez, pero ni las alturas ni los venenos parecían tener demasiado efecto en él. Por eso al final, ya rendido se había sentado a esperar la muerte, una muerte testaruda que se negaba a acudir a él, aunque la llamara insistentemente. Se había propuesto no volver a levantarse de su viejo sofá, no volver a beber, no volver a comer, no volver a caminar. Sólo esperar, pacientemente. Tenía todo el tiempo del mundo.
Y así estuvo mucho tiempo, inmóvil, con los ojos cerrados, escuchando gracias a la radio el susurro de los días pasar lentamente a través de él. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Pero Diego no se levantaba de su sofá, decidido a ser más testarudo que la misma muerte. No supo exactamente cuanto tiempo estuvo así, hasta que finalmente tuvo una extraña sensación, como si se hundiera y se elevara al mismo tiempo, y mientras su cuerpo caía laxo en el sofá, su espíritu se levantó, mirando hacia su maltrecho cadáver. No se sobresaltó en absoluto al ver una oscura figura cerniéndose sobre él. Se volvió y se encontró cara a cara con la Muerte, que le miraba fijamente con sus cuencas sin ojos. Un millón de preguntas y recriminaciones se agolparon en su mente, intentando reclamar la injusticia de tener que vivir tanto, cuando él no lo había deseado. La Muerte lo miró, y puso una descarnado mano sobre su hombro.
- Perdona que no haya llegado antes.- Le dijo con su voz de ultratumba.- Un error burocrático.
-¿Un error burocrático?
La Muerte asintió y se encogió ligeramente de hombros.
-Esas cosas pasan.
Diego negó con la cabeza incrédulo. Miró por la ventana y se sorprendió al ver que estaba nevando. Una sonrisa fue dibujándose poca a poco en sus labios, mientras pensaba que quizá ese era el momento perfecto para morir. Había cumplido su deseo de ver nevar por última vez. Sin apartar la vista de la ventana dijo:
-Más vale tarde que nunca.
Aun estaba sonriendo cuando siguió a la Muerte hacia su último destino.
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