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 La sonrisa del demonio

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Candy002

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MensajeTema: La sonrisa del demonio   Lun Oct 13, 2008 5:38 pm

Resumen: Los últimos momentos de la familia Doulart.

Advertencias: Mucha ansgutia, trastornos mentales y no está beteado. Teman, teman mucho.

La sonrisa del demonio


No había nubes en el cielo, la luna entraba pura y potente por la ventana, dando en los cabellos rubios de la mujer tendida sobre el sillón del cuarto. El mueble era viejo y raído, no combinaba con la decoración en tonos pasteles de la habitación, pero servía para vigilar a la criatura que dormitaba en la cuna. La mujer no estaba dormida, se movía de adelante y atrás abrazada a sus piernas, respirando hondamente como si así pudiera evitar derrumbarse. Los cabellos rubio ondulaban hasta más de la mitad de la espalda y el descuido prolongado los hacía ver como greñas de bruja loca, aunque en realidad podrían haber sido bastante bonitos. Ojos grandes y azules, desorbitados, se clavaban en su hija.

El esposo la miraba desde el marco de la puerta. No había nada que decirle en ese estado, sólo le restaba esperar a que reaccionara. El cabello azabache se lo recogía en una coleta en la nuca, la mirada celesta estaba calmada. O lo pretendía al menos. Por la salud mental de ella.

-Tenemos que matarla-musitó ella con voz casi chillona, sin mirarlo. Lo había dicho muchas veces, eso se adivinaba por el leve gesto de negación del hombre.

-No podemos hacerlo, es una bebé-justificó él pacientemente. Ya no podía abrazarla para calmarla y lo lamentaba, siempre reaccionaba violetamente y aún no se le curaba el arrañazo sobre su mejilla.

-No es una bebé, es un demonio-dijo con voz profunda, casi perdiendo el aliento ante semejante revelación-. El demonio le sonríe, no podemos dejarla con vida.

La niña no se enteraba de nada. Su madre ya no la abrazaba cuando lloraba en las noches ni se desvelaba para tenerle la leche tibia. Ahora de eso se ocupaba él, luego de asegurarse de dejar a su esposa descansando en su lecho.

Han sido cinco meses de esa rutina y no sabe qué duele más; el desprecio hacia su propia criatura, consentida y mimada anteriormente, o la locura que la consumía lentamente. La frase era la misma cuando decidía hablar, hace mucho tiempo que no ha vuelto a relacionarse con sus amigas. Ella no las buscaba y no parecía percatarse del cambio en su vida. Él tampoco se lo hubiera permitido si hubieran sido otros sus deseos, mientras estuviera así sólo podía ser un peligro.

-El demonio le sonríe-repitió ella como la niña que se repite que los monstruos no existen, encerrada en un cuarto oscuro donde sabe que sus padres no la rescataran-. No puede vivir.

¿Cuál demonio? No lo sabía. Y a veces dudaba de que ella tuviera alguna noción.

-Es tu hija-parece muy débil su argumento, dicho en ese tono grave que para los hombres es el preludio al sollozo y a la ruina. Por favor, Samanta, vuelve, regresa a la realidad.

Pero ella no escucha. Desde hace mucho tiempo que no lo hace. No nota el ruego en su expresión abatida, cansada por estar al pendiente de una criatura incapaz de hacer lo que sea por sí misma y una mujer que ya ha intentado suicidarse con un cuchillo de la cocina. La herida se ha vuelto blanca en su brazo y la piel regenerada parece brillar a la luz de una lampara en un mueble para cambiar de pañales.

Siempre ha sido una mujer hermosa. Ahora dos grandes ojeras arruinan el rostro que alguna vez fue tan risueño. ¿A dónde se ha ido tu alegría, Sam?

-Hay que matarla. El demonio le ha sonreído.

Ella sabe que es su pequeña, a pesar de todo. Sabe que quiere hacerla abandonar el mundo y que la ama por sobre cualquier cosa, que esa cosita con una pelusa oscura sobre la cabeza es la hermosa niña que sollozó sobre su pecho en el hospital y antes de asimilar donde se hallaba tomó su dedo entre su minúscula mano rosada.

¿Cómo saber que ella sería el blanco de la mirada de aquél payaso en el circo? Un payaso que no era humano, de saltos demasiado perfectos y altos, de entonación clara y fuerte sin necesidad de aparatos tecnológicos. Se había querido desmayar al contemplar los movimientos de aquellos artistas, ninguno era ayudado por cuerdas o semejantes. Todos muy pálidos, de ojos hipnotizantes y arrebatadores, vestidos con trajes ridículo y chillones que parecían casi luminescentes en contraste con sus pieles.

Los expectadores no habían hecho más que aplaudir, gritar de entusiasmo ante cada voltereta y ella por poco suelta un grito del más puro terror más de una vez. No entendía por qué nadie se percataba de que no eran humanos, o qué rayos hacía ahí que no se llevaba a su hija lejos de todos ellos.

Su esposo había salido a uno de los baños portátiles de afuera, no sabía del payaso que lanzaba miradas de soslayo a la figura atabiada de rosa claro sobre su regazo, quien reía con el público y adelantaba las manitas como queriendo tomar el escenario. Ignoraba que le hacía daño mientras la sostenía por el pecho, sólo podía observar entre fascinada y espantada el aberrante espectáculo. Hasta que él se acercó directamente a ella, llevando una paleta de colores en una canasta. La canasta parecía propia de un carnaval, adornada de lazos de brillantes colores y figuras de conejos alegres en los costados.

Había deseado desesperada apartarse, gritar porque lo apartaran a él de su vista. Pero de todos modos él no le prestaba atención, miraba a la niña con una fascinación casi enternecida. Y ella le sonrió de vuelta. El payaso estiró la mano ofreciéndole el dulce, sin deshacer su expresión encantadora pintada con maquillaje blanco y rojo, y la pequeña lo tomó, para acontinuación lanzar un gritito de alegría. Apenas el hombre -bestia, monstruo, el diablo, lo que fuera ese ser- se dio la media vuelta, agarró la golosina y la arrojó despavorida al suelo sin importarle el consecuente llanto. No se quedó a esperar a que su esposo volviera, simplemente se giró y salió corriendo de la carpa a resguardarse en el auto.

No podía quitarse de la cabeza aquél instante espantoso. Su bebé no había sido la única que había recibido un pequeño regalo, los otros payasos también habían repartido dulces entre al menos una docena de niños, pasando deliberadamente de otros que les lloraron por ellos. No era tanto que él se hubiera fijado en su hija, era que ésta, a pesar de su cáracter huraño para con desconocidos, se hubiera mostrado tan confiada ante su cercanía y le hubiera correspondido la sonrisa. Ella había confiado en él de inmediato, se había sentido feliz de verlo, como si lo conociera.

Cuando su esposo fue al auto, desesperado por no haberlas encontrado en la carpa, halló a la bebé durmiendo en el asiento trasero lejos de su sillita y a ella llorando encogida en el asiento del copiloto.

Esa criatura no podía vivir. Tampoco ese maldito circo. El payaso, el anfitrión, el mago, el domador de serpientes, todos deberían arder en el infierno.

Y su hija, a la que habían querido a través de sus mágicos ojos, cambiantes como gemas preciosas a la luz artificial, a la que le obsequiaron con un dulce y una amplia sonrisa, debería caer con ellos.

——

Ya no podía controlarla. Joseph finalmente se rindió ante la cruda verdad, era incapaz de controlar a su esposa. La noche anterior ella había decido dejar que sus palabras se convirtieran en acciones y de no ser por su intervención, el cuchillo de cocina habría acabado en el pecho de su hija. Los ojos los había tenido arrevolados por las lágrimas, pero no se rindió en la lucha hasta que logró desmayar a su mujer. La bebé había estado llorando en su cuna, alarmada por los gritos.

Ahora estaban en el auto, el llanto sin ser aplacado pese a las muecas que intentaba esbozar. Samanta dormitaba en el asiento a su lado, la cabeza ladeada sobre su hombro y dejando que la saliva se deslizara hasta él, manchando su ropa. La había sujetado fuertemente con los cinturones de seguridad y pensaba que no dejaría las llaves con ellas cuando bajara. Tan pronto como acabara con lo que pensaba hacer, la llevaría a una clínica o algo así, un sitio donde pudieran hacerse cargo de ella apropiadamente. Le dolía separarse de su hija, pero sabía que no podría cuidarla teniendo a la madre en ese estado tan deplorable. No podría soportar hacerse cargo de una vida tan preciosa para él, estando tan destrozado. Hacía lo correcto, al menos así podría estar a salvo.

La señora Eden lo recibió en la puerta. Era una mujer algo mayor que él, atractiva aunque de aspecto bastante severo.

-Imagino que usted es el señor Doulart-dijo y se hizo a un lado para dejarle pasar sin esperar respuesta. No le preguntó por la camisa deshecha, los cabellos revueltos o las espantosas ojeras-. Tome asiento, por favor. Tengo los papeles casi listos.

Él se ubicó en una silla frente a un gran escritorio de madera oscura. Mecía en sus brazos a su hija, que lanzaba ocasionales hipidos, envuelta en una manta azulada. La señora Eden se sentó ante él, recogiendo un montón de papeles sobre el mueble y ordenándolos de un modo que para ella debía tener algún sentido. Luego tomó un bolígrafo posado a un lado y escribió unas cuantas cosas en ellos.

Se sentía tranquilo en esa situación, su niña estaría bien, lejos de cualquier peligro. Mientras tuviera eso en mente podría soportar el peso sobre sus hombros. Había hecho bien en llamar a esa señora.

-Muy bien, señor Doulart. ¿El nombre de la niña?

Incluso la indiferencia de ella era reconfortante. La oficina olía a caramelos de miel, probablemente para dar a los otros niños. Nunca le habían gustado, pero en ese momento le parecía maravilloso su aroma.

-Angelique-respondió con voz ronca. Tenía un poco irritada la garganta por haber gritado tanto horas atrás, aunque tal vez sólo fuera que estaba cansado.

-Bien-afirmó ella, terminando de redactar algo que él no podía ver al final de la hoja. Finalizado eso, volvió a juntarla con las otras y se levantó de su asiento. Lentamente se acercó a él hasta tenderle los brazos-. No tiene que preocuparse más por ella, aquí la cuidaremos.

-Gracias-fue lo único que pudo decir, percibía que no tenía voluntad para agregar más. Le dio un beso a su niña, su pequeño ángel, y se la entregó a la señora, que la acunó con suavidad, dándole palmaditas en la espalda. De repente estaba tan aliviado, se sentía tan libre que por un segundo creyó que iba a romper a llorar.

Pero tuvo fuerza suficiente para despedirse con un cabeceo de la mujer y encaminarse fuera del orfanato. En su mente se repetía que en cuanto Samanta se recuperara, volvería a buscar a su hija, que estaría perfectamente sana, y todo volvería a ser como antes dentro de su pequeña familia.

Sí, todo sería como antes.

Sólo que no contaba con que algo fallara con los frenos y el volante de su automóvil, el cual siempre había dado unos cuantos problemas por ser de segunda mano. Tampoco con que un camión impaciente los golpeara por detrás y los sacara del camino, para que finalmente un segundo, conducido por un hombre que no los vio hasta que fue demasiado tarde, apareciera para voltear el vehículo.

——


Última edición por Candy002 el Lun Oct 13, 2008 5:39 pm, editado 2 veces
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Candy002

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MensajeTema: Re: La sonrisa del demonio   Lun Oct 13, 2008 5:38 pm

Angelique abrió los ojos, en el mismo momento en que Hermes bajaba las manos de los costados de su cabeza. La joven no lloraba, simplemente dejaba caer su mirada hacia abajo. Por un segundo al vampiro le dio la impresión de que no hablaría, pero pronto ella movió los labios un poco torpe, como si no recordara cómo hablar, y al cabo de un instante el sonido de su susurro emanó de ellos.

-¿Cómo fue?

Hermes acomodó su espalda contra la cabecera de la cama. Estaban en la habitación de ella, afuera la noche era lluviosa, las gotas deshaciéndose contra el cristal tras las cortinas azules.

-No fue un accidente lo del mal funcionamiento-aclaró él como si le preguntara la hora, dando a entender lo que realmente era para él el asunto; un hecho y nada más-. Esos vampiros del circo lo quisieron así, para mantenerte en el orfanato.

Ella sintió un peso en el corazón y entrecerró los ojos. No tenía verdaderos motivos para llorar, se dijo mentalmente. Sus padres habían muerto hacía tiempo y no había llorado por su causa en el pasado, no había razón para hacerlo ahora.

-¿Por qué?

Era cosa del destino que ella hubiera sido criada sin padres, estaba escrito que sería solitaria. Esos vampiros payasos probablemente sólo habían estado cumpliendo una orden. Esto significaban palabras en su mente, palabras lógicas y frías, propias de la criatura oscura en la que se convertiría, pero todo sonaba apenas como un eco y no podía sostenerse a ellas.

-Porque sabían que tu nombre estaba escrito en el Libro de la Eternidad, y su razonamiento los llevó a pensar que era mejor para ti crecer sin ellos.

No podía llorar. Era una estupidez, al final todo había sido por su bien. Ella pertenecía a ese mundo de oscuridad, era lo correcto, no había que llorar. Pero no importaba lo que pensara, lo que deseaba era acurrucarse entre las sábanas y llamar a su mamá, la mujer que quiso su muerte, sabiendo que era patético esperar un abrazo. Hermes no se lo daría, aunque deseaba dárselo, como lo haría con un oso de felpa.

-Ellos murieron dos años más tarde-agregó el rubio impasible ante el estremecimiento de su cuerpo. Observaba hacia la ventana, como si no estuviera a punto de desmoronarse-. Cometieron la estupidez de creer que podrían dominar a un Hijo de las Tinieblas y saber más de los que les correspondía, así que los acabaron junto a toda su asamblea. Uno nunca debe ser impaciente con el conocimiento, debe esperar a que éste le llegue.

Hablaba como si le enseñara una lección más, le daba un sermón que le sería infinitamente útil en el futuro, pero no le importaba a ella, no ahora. Se decía que no tenía derecho ni razón para perder el control, había sido su petición lo que había llevado a Hermes a enseñarle todas esas imágenes. Una criatura de la oscuridad no podía dejarse arrastrar por estúpidos sentimentalismos.

-Perdón-sollozó cuando no pudo aguantar más el llanto. Se lanzó sobre su maestro, hacia su pecho y no le importó su posible reacción. Sólo quería abrazar algo, lo que fuera, y permitir el flujo de su tristeza. Ocultó la cabeza entre los pligues de su abrigo oscuro, no queriendo ver su rostro imperturbable.

Nunca había tenido a nadie que abrazar, en la oscuridad de su cuarto, cuando veía por la ventana del orfanato como otros niños se marchaban de la mano de sus nuevos padres.

-Debes entender por lo que viste de tu madre que hay cosas que los humanos no pueden ni imaginar-continuó él sin hacer nada por separarla de sí. No había reproche alguno en su voz calmada, mientras la joven seguía empapando su ropa. Tampoco hizo nada por consolarla-. Ella era una centinela sin entrenamiento, podía intuir cosas que otros no podían, aunque no lo comprendiera, y por eso pudo indentificar a aquellos payasos. Pero no estaba destinado que ella lucharía activamente, su mente era incapaz de asimilar semejantes verdades.

En un segundo, con un jadeo, se acordó de Tatiana, que algún día sería una centinela, un alma que jamás permitiría la existencia de la oscuridad sobre la tierra. ¿Ella también enloquecería?

-No-respondió Hermes tranquilamente como si hubiera dicho su duda en voz alta-. Tu amiga está acostumbrada a creer en lo que nunca ha visto, confía más en su intución que en su cerebro; no tendrá problemas cuando inicié su camino.

No lo decía exactamente para aplacar su tristeza, sólo manifestaba un hecho.

“Gracias al cielo”, pensó aliviada.

¿Pero por qué lloraba todavía?

—-

Daniel vio la escena desde la puerta de la habitación. Hermes recostaba a la muchacha dormida en su cama, luego de haber separado las sábanas para adentrarla en ellas. Acaba de regresar de la caza, su rostro se sentía caliente y su expresión era mucho más humana. No tenía que ver el rostro de Angelique para saber que había llorado, el olor ligado a la ropa de su pareja le servía como pista suficiente. Además de su tristeza desbordada, la percibía como una esencia más, aún enredada en el aire.

Hermes no hizo nada al sentir su presencia, continuó quitándole el calzado a la chica y dejándolo a un lado de la cama, para luego cubrirla con las mantas y frazadas.

-Estará bien-afirmó Hermes sin que se lo preguntara, volteándose. Las manchas húmedas en su ropa ya casi se habían secado.

-Lo sé-contestó Daniel casi suspirando-. No te habrían permitido mostrarle nada si no fuera así.
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