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 El puente hacia el infierno

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Candy002



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MensajeTema: El puente hacia el infierno   Lun Oct 13, 2008 2:37 am

Resumen: Lisa Bridge sólo había querido ir a casa y Richard ser recibido por su esposa.

Yo doy mis advertencias, así que lean bajo su propio riesgo.

1_ Los personajes y las situaciones son de mi propiedad.

2_Hay sangre por montones, además de escenas que los delicados seguramente no querrán leer. Tómenlo en cuenta.

3_Mucha angustia, me temo. No esperen encontrar un final feliz aquí.

4_Críticas acerca de mi redacción, ortografía, desarrollo de personajes, pasen. Críticas acerca del género o que resulte fuera de lugar, adiós.

El puente hacia el infierno

Lisa Bridge no necesitaba girar en su sitio para saber que la estaban siguiendo. No oía más pasos que los suyos sobre la grava en la acera ni sonido ajeno al correr de los automóviles, pero de todos modos la sensación prevalecía y eso la puso nerviosa. La noche se extendía por sobre los rascacielos de la ciudad y apenas se vían las estrellas gracias a la cantidad de luces artificiales, cobijadas al abrigo de nubes tenuemente moradas, tan delgadas que la coloración del cielo se percibía a través de ellas.

El frío la llevó a abrazarse por un momento para luego bajar los brazos delgados, pues llevar las bolsas de comida pesadas era más cómodo en esa posición. Miró alrededor suyo y se sintió aliviada al ver que no estaba sola en su camino. Los transeúntes iban en su dirección o en la contraria, algunos cruzaban la calle hacia la otra acera, todos metidos en sus propios asuntos y sin siquiera dedicarle una segunda mirada. Aunque no puede descubrir quién la está siguiendo, se quedó tranquila al darse cuenta de que no corre peligro en un sitio concurrido. Si a la persona no le importara armar escándalo ya habría ido tras ella.

Caminó con pasos firmes y tranquilos hasta la esquina al final de la calle, junto a un montón de personas que esperaban el autobús que los llevaría a sus destinos. Se apoyó suavemente contra el poste del semáforo y acomodó su carga entre sus brazos contra su pecho, alejando las naries de las hojas de espárragos. Al cabo de unos segundos de haberse detenido el vehículo hizo acto de presencia y los pasajeros entraron tras un rechinido irritante de la puerta.

El viaje hacia casa le supo relajante, pese a los continuos baches por los que pasaban las ruedas y el terrible olor a cigarillos presente en las paredes, pues dejó de tener aquella molesta sensación de ojos siguiéndola, sentada al fondo del lado izquierdo.. En ese momento se permitió pensar en cosas rutinarias, como en que esperaba que aún no les hubieran cortado el gas para poder cocinar un buen caldo y en que ojalá su marido terminara pronto su novela porque su sueldo de secretaria no era el mejor para mantener a una bebé de apenas dos años. No pudo evitar suspirar ante este último pensamiento; Anne crecía bastante rápido y pronto necesitaría nueva ropa, las que tenía se desgastaban con el paso de los días.

Miró por la ventana levemente sucia, y esperó hasta que su vista alcanzara la señal de la calle donde vivía antes de estirar la mano y agarrarse de la barra sobre su cabeza, tambaleando un poco en el proceso del autobús deteniéndose. No interesaba los números de veces que usara ese transporte, no podía acostumbrarse a su turbulencia y siempre parecía ser quien tenía más posibilidades de caerse. Siempre había sido una persona algo torpe, sin coordinación alguna en las piernas, razón por la cual no le gustaba el movimiento continuo ni los deportes. A veces imaginaba que su hija había heredado ese rasgo suyo, pues pese a que lograba dar algunos pasos vacilantes, al cabo teminaba tropezando con sus propios pies y sentada en el piso.

Su casa estaba a otras cinco de distancia desde el lugar donde bajaría, cosa que lamentó porque eso significaba prolongar un poco más el tiempo hasta que pudiera echarse en una silla y quitarse sus molestos tacones asesinos de la comodidad. Sin embargo, cuando aterrizó en la acera, la sensación de que la observaban regresó con toda su claridad y, olvidándose de su fastidio, volteó a los lados aprensiva, esperando hallar el motivo.

No había nada especial por donde mirara, más que las personas habituales caminando y los autos - ninguna de excelente calidad, nadie que residiera en esos barrios podía permitirse un vehículo muy elegante- estacionados frente a las casas de sus dueños. En apariencia, nada importante que destacar y gracias a ellos se sintió un poco tonta, mientras se decía que era el cansancio y se dirigió a su hogar. Éste era una contrucción baja y modesta de dos pisos, cinco ventanas en total, tres al frente y sin jardín delantero. Las paredes estaban decoradas con graffitis que ya se habían cansado de tapar continuamente -además que no podían darse el lujo de comprar tanta pintura-. Una escalera de cinco escalones conducía a la entrada, la cual también estaba pintareajada con un dibujo irreconocible apoyando un equipo que ni ella ni su esposo conocían.

Buscó en el bolsillo de su chaqueta las llaves, un tanto nerviosa porque el sentimiento no la abondanaba. Habían tenido timbre alguna vez, pero éste se había descompuesto y no podían pagar a un técnico para que lo repara, amén de que Richard no tenía idea de cómo hacerlo.

Pero en el momento en que sus dedos dieron con su objetivo, el cañón de un arma le dio bruscamente por la nuca, haciéndola soltar el llavero y lanzar un jadeo de sorpresa.

-Ya, ya, mamita responsable-inquirió una voz masculina detrás de ella, bastante cerca de su oreja como para hablar en susurros. Su aliento era decididamente horrible y se tuvo que contener de girar la cabeza en otra dirección-. Tu esposito y tu nena no están en casa. Salieron al parque, lo cual significa que no hay nadie que te reciba ahí adentro.

El tono de voz era grave y gutural, carecía del atontamiento propio de los borrachines o de la desesperación que habría esperado en un drogadicto.

-¿Qué quiere?-espetó negándose a reconocer el miedo que amenazaba su corazón. Si aquél sujeto sabía dónde se hallaba su familia, entonces quería decir que la había estado esperando. No le daba la impresión de que estuviera drogado o alucinara, pero por si las dudas era mejor tratar de mantener la calma-. No tenemos nada de valor que quisiera robar.

-No me interesa robarte, Lisa Bridge-respondió el desconocido, ligeramente divertido. Los latidos en su pecho se aceleraron al oír su nombre-. Lo que me importa eres tú. Eres una mujer muy poderosa, ¿lo sabías?

“¿Poderosa?”, pensó desconcertada.

-Me parece que me confunde con otra persona-adujo nerviosa, a sabiendas de que era poco probable-. No tengo nada que le interese. Sólo soy una secretaria en una editorial de libros.

El extraño lanzó una curiosa carcajada, mitad resoplido y mitad jadeo, que nuevamente la llevó a contener la respiración por lo asqueroso que resultaba olerlo.

-No me refiero a tu posición social, linda. Ni al dinero que sé perfectamente no tienes, si no a las habilidades que tienes.

-Y-yo no entiendo qué…

-Sí, me imaginé que no sabrías-la atajó el individuo, acercando la nariz a su cuello, aumentando las náuseas ya presentes en la mujer-. Confórmate con saber que no puedo dejarte ir impune. Quién sabe si algún día puedes ser una interferencia para mi y mi aquelarre.

-Señor, por favor-dijo en un tono bajo, próximo a la desesperación. Ni siquiera sabía lo que era un aquelarre y se preguntó si no sería una nueva banda terrorista-. Entienda, no tengo nada que pueda interesarle ni puedo hacer gran cosa. Apenas si sé hacer el desayuno. Así que, por favor…

-Por favor, por favor, por favor-parodió el desconocido molesto-. ¿Todos ustedes son así de insufriblemente buenos o sólo aquellos a los que tengo que buscar? ¡Demonios, muestren algo de coraje para variar!

Ella no supo responder. Por una parte porque no sabía si sería prudente una respuesta suya, por otra porque no se le ocurría qué más agregar. La confusión y la incertidumbre generaban frenético latidos en su pecho, pese a que se obligó a mantener la compustura.

El sujeto presionó el arma contra su cabello y la agarró de un brazo, colocándoselo en la espalda. En la otra mano aún llevaba la comida, así que no podía usarla para defenderse.

-Verás, Lisa Brigde-empezó él, lanzando su pútrido aliento en cada palabra. Con sólo olerlo, Lisa se imaginaba un humo de color verguzco saliendo de él como una de las caricaturas que ponía ponía para diversión de Anne-, te voy a decir a grandes ragos lo que sucede aquí. Tú eres una centinela desde tu nacimiento, lo que quiere decir que representar una amenanza para mi y mis compañeros y eso, me temo, es algo que simplemente no puedo permitir. Estoy seguro de que no tienes la menor idea de a lo que me refiero y lo cierto es que no importa.

Tironeó de su extremidad, apretándola de tal manera que expulsó un tenue quejido. En eso tenía razón el hombre, nada de lo que había dicho tenía sentido a sus oídos. Ordenándole que caminara, el hombre la guió lejos de la entrada hasta bajar los cinco escalones.

-Suelta las bolsas-espetó severamente y ella no tuvo otra opción que obedecer, sintiendo el frío del cañón posado en su cabeza. Aún en esa situación, sintió lástima por tener que realizar semejante desperdicio. Una manzana roja salió rodando hasta llegar a la calle, donde la veloz aparición de un automovil la convirtió en puré bajo la rueda-. Sube-el automovil se había detenido justo al lado de ellos y la puerta se abrió al instante, revelando un joven pálido y de facciones traviesas, maquillado de tal manera que se asemejaba a un muerto y sencillos pantalones y camiseta, ambos negros y sin adornos.

El que la sostenía la obligó a entrar, agachando la cabeza para que no se diera contra el techo, y el joven le mostró sonriente una cuerda gruesa, antes de rodear su cuello rápidamente con ella y tirar de ambos extremos en direcciones opuesta, ciñendo su garganta amenazadoramente. Se mantuvo quieta en esa posición, consciente de que aún tenía la amenaza del hombre de la pistola, el cual subió detras de ella dando un portazo. Sentía unas ganas repentinas de llorar, porque se daba cuenta de que no podía salir con bien de esa situación.

El auto era lo bastante ancho para que cupieran tres personas en el asiento trasero, aunque no sabría asegurar de qué clase se trataba. Detrás de ellos el otro hombre debió haber entrado, porque su aroma peculiar permaneció aún luego de haber oído un portazo.

-Arranca-ordenó bruscamente.

El hombre en el asiento delantero, al cual sólo podía ver la nuca, cabeceó afirmativamente y encendió el auto. Lisa observó por la ventana el veloz pasar de los edificios, mientras su corazón se estrujaba al pensar que se alejaba de su hogar.

—–

La luna en el cielo se veía blanca y pura por sobre los edificios cuando Richard encaminó hacia su casa, llevando a una Anne dormida en su cochecito de segunda mano. El transporte no era del todo malo, si uno descontaba el constante chirrido de una de las ruedas y que estaba casi cubierto de estampados. El hombre de mirada apacible verde observó a su hija y determinó que ya no había rastro del malestar que le había visto justo después de haberle dado su puré de bebé, cuando la pequeña se había ensañado en comer más rápido de lo recomendable. Por lo visto, el paseo por el parque había sido efectivo.

Caminaba sonriendo, pese al acostumbrado chirrido, preguntándose si no es que su esposa ya habría llegado a casa y si no tendría la cena ya preparada. Tal vez los recibiría preocupada en el recibidor diminuto de su casa, a una pulgada de llamar a la policía para que los buscaran, aunque su sentido común se lo impidiera puesto que a bien seguro habría leído la nota de Richard pegada al refrigerador. A veces su mujer era sobreprotectora con ambos y Richard se debatía continuamente si entre dar gracias por ello, o porque no le hubiera puesto un localizador a la niña a la menor ocasión.

Probablemente lo habría hecho si tuvieran el dinero.

La brisa nocturna era refrescante al dar en su rostro, joven todavía y sólo ligeramente arrugado a los lados de la boca y de los ojos, como señales de que por ahí cruzaron muchas sonrisas. La mayoría alegres y quizá alguna nerviosa. No debería tener esas marcas, puesto que sólo tenía 23 años, pero alguna persona conocedora del tema podría argumentar que el peso que es mantener una familia a flote, y encontrar a cada fin de mes que pagar la renta parece cosa imposible, es cosa suficiente para que uno envejezca más velozmente que aquellos que no habían embarazado inintencionalmente a su novia de hace sólo un año. De todos modos, Richard no se quejaba ya que creía tener una buena vida, con sus altas y sus bajas, como la de todos.

Tenía una nena bastante inteligente -era asombroso la rapidez con que resolvía sus infantiles juegos de ingenio, como el en qué hueco encajar tal pieza-, una esposa hermosa a la que adoraba y buena salud. Dentro del sencillo mundo que él concebía, no tenía nada que envidiar a otras personas.

Hubiera sido muy bonito que siguiera pensando así durante un largo tiempo, un año o dos hasta que surgiera alguna desgracia y se percatara de las numerosas carencias en las que vivía. En ese momento no necesitaba siquiera planteárselo, satisfecho en su ideal de que sería bien recibido en su hogar. Pero otro fue el cantar cuando descubrió a la policía en su pórtico y las bolsas de compras con todo su contenido desparramado por la acera. Los había llamado la señora Twinkers, la misma a la que hablaban llevando semblantes demasiado serios para ser de su agrado, tras haber visto a través de su ventana que Lisa fuera secuestrada por un sujeto con pasamontañas para conducirla a un vehículo -”horroroso, ni una rata lo querría”, según palabras de la anciana señora- que se había perdido en la lejanía. El bolso de ella seguía en los escalones de piedra y frente a la puerta relumbraba el llavero en forma de rana, cerca de una cartera.

Lo peor no fueron los años de incertidumbre, los meses de silencio por parte de la policía ni las miradas extrañadas de Anne tratando de ubicar a su madre. No, todo eso podría haberlo soportado. Lo peor fue que hallaran su cuerpo desmenbrado, hecho jirones irreconocibles -la dentadura había sido su única identificación- y colocado de tal manera que formara una estrella de cinco puntas dentro de un círculo, en el bosque de un pueblo al que nunca le interesaría recordar el nombre, a mucha distancia de donde residía. No contentos con desgarrarla en todos los sentidos, le habían vaciado las venas por completo por medio de dos pequeños pinchazos en el cuello. Ya había estado muerta cuando la cortaron y eso no había sucedido si no hasta dos años después de que se convirtiera en cádaver.

No quiso escuchar del mensaje que se repetía alrededor del círculo, escrito con sangre e insectos muertos, ni tampoco quiso saber de los incontables locos en la televisión que hablaban de que se había tratado de un claro acto de satanismo. Hizo oídos sordos cuando mencionaron lo de “esta centinela cayó, siguen ustedes” y no le importó un rábano que mil reporteros se amontonaran en su entrada en busca de entrevistas.

Las líneas de expresión continuaron en su rostro, pero ya no se acentuaron por la misma sonrisa -esa de estúpido, esa que das cuando estás enamorado- de antes. Y nunca quiso contárselo a Anne, no le vio el sentido. La niña creció pensando que había muerto en medio de su nacimiento.

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Lo dicho, tengo una extraña manía con matar a mis personajes.


Última edición por Candy002 el Lun Oct 13, 2008 5:11 pm, editado 2 veces
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MensajeTema: Re: El puente hacia el infierno   Lun Oct 13, 2008 3:53 pm

"la señal de la calla donde" ¿Es calle, verdad?

"La niña creyó pensando " La palabra "creyó" no me gusta en ese contexto, quedaría mejor creció.

Eso. La redacción la vi bien (Sí, con lo maniática que soy la vi bien).

El relato me encantó, pero pobre hombre. Me dio tanta, tanta pena.

Estoy empezando a odiar a tus vampiros. Mira que dejar a un hombre enamorado solo, con lo que escasean.
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Candy002



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MensajeTema: Re: El puente hacia el infierno   Lun Oct 13, 2008 5:19 pm

Citación :
Estoy empezando a odiar a tus vampiros. Mira que dejar a un hombre enamorado solo, con lo que escasean.

Los vampiros son como las personas, todos tienen sus personalidades. Así como hay cabrones malnacidos que a la primera señal de centinelas (cazadores de la oscuridad, exterminadores de vampiros, etc) buscan eliminarlos, algunos sólo dejan vivir y morir. En esta ocasión tocó mostrar a los malos.

Y sí, es una pena lo de Richard y Anne -casi me dolió hacerla huérfana de madre a ella, siendo mi niña dulce y tierna-, pero yo ya advertí que no habría final feliz y lo cumplí.

Ya corregí los errores. Gracias por ser mis ojos, linda.
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